top of page

Diócesis de Fajardo-Humacao celebra su Misa Crismal en un ambiente de unidad y renovación sacerdotal

Actualizado: 3 abr

Fajardo, Puerto Rico. La Catedral Santiago Apóstol acogió la solemne celebración de la Misa Crismal, presidida por S.E.R. Mons. Luis Francisco Miranda Rivera, O. Carm., Obispo de la Diócesis de Fajardo-Humacao. La Santa Misa reunió a todo el clero diocesano, diáconos, seminaristas, religiosos, religiosas, vírgenes consagradas, servidores del altar y una amplia representación del Pueblo Santo de Dios, quienes participaron con profundo sentido de fe y comunión.


La celebración dio comienzo con la procesión de entrada, encabezada solemnemente por el Evangelario, acompañado de los cirios y el incienso que anunciaban la dignidad del momento. Tras ellos avanzaban los servidores del altar, seminaristas, diáconos y presbíteros, formando un cortejo que expresaba la comunión del ministerio ordenado.


Finalmente, hizo su entrada el Obispo Luis F. Miranda Rivera, recibido con pétalos de rosas que caían suavemente a su paso, gesto que embelleció su llegada al templo y subrayó la alegría de la Iglesia reunida.


Al llegar al altar, Monseñor realizó la bendición del incensario y, con un espíritu de profunda gratitud, se dirigió al Pueblo Santo de Dios. Elevó su acción de gracias por la oportunidad de celebrar la Santa Misa y, de manera especial, por la renovación de los votos sacerdotales de los presbíteros, signo de fidelidad y entrega renovada al servicio del Señor y de su Iglesia.


La celebración estuvo marcada por un profundo sentido de fraternidad sacerdotal. La Misa Crismal, que tradicionalmente reúne al presbiterio en torno a su obispo, se vivió como un momento de renovación interior y compromiso pastoral. El Obispo Miranda Rivera subrayó que esta unidad no es solo institucional, sino sacramental “Hoy celebramos la fiesta de todos nosotros, los hermanos en el sacerdocio: los ungidos para servir al Pueblo Santo de Dios.”, expresó.


Al escuchar la proclamación de las lecturas, se observaba al Obispo Luis sonriente caminado hacia el atrio del Altar para compartir con los presentes su homilía.


En su homilía, Mons. Miranda Rivera profundizó en el misterio de la unción, recordando que Jesús es el Ungido del Padre desde el vientre de María y a lo largo de todo suministerio. Citó las palabras de Isaías proclamadas por Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.”


El ambiente estuvo cargado de un gozo sereno, propio de quienes reconocen que su vocación es un don inmerecido y una misión permanente. El obispo explicó que estas palabras se extienden a todo bautizado y confirmado, y de manera particular a quienes han recibido la unción sacerdotal.


Asimismo, destacó que el Santo Crisma, consagrado durante la celebración, es un sello permanente que marca la vida sacramental de la Iglesia: bautismo, confirmación y orden sacerdotal. El obispo dedicó parte de su mensaje a reflexionar sobre la identidad y misión del sacerdote en el contexto actual. Señaló que, gracias al Espíritu Santo, los presbíteros están llamados a ser maestros en la Iglesia, preparar al pueblo para el banquete pascual, presidir en el amor, acompañar en los sacramentos y por último superar miedos y abrir nuevos caminos pastorales.


Monseñor resaltó que sobre la desmotivación que puede afectar el corazón sacerdotal, “El corazón ya no se ensancha, sino que se encoge envuelto en el desencanto.” Recordó que la unción está siempre ligada a una misión: evangelizar a los pobres, anunciar la libertad a los oprimidos y proclamar la gracia del Señor.


Este insistió en la necesidad de que el anuncio del Evangelio sea coherente con la vida del sacerdote, “A Jesús le escuchaban con admiración, no por palabras deslumbrantes, sino porque era la Palabra encarnada.”


Exhortó a los presbíteros a ser hombres de oración, dóciles al Espíritu Santo, y a aprender del testimonio de los laicos que oran con devoción ante el Santísimo. Les recordó que la gracia llega de manera especial a través de la Eucaristía y la Penitencia. Subrayó que, al administrar los sacramentos, el sacerdote actúa in persona Christi.


Como pastor y guía les pidió a los presbíteros facilitar el acceso de los fieles al sacramento de la Reconciliación y recordó que ellos mismos deben confesarse con frecuencia. En un contexto de desafíos pastorales, el obispo invitó a centrar la vida en Cristo y a llevar a niños, jóvenes y familias a una experiencia transformadora de fe. Señaló que la verdadera riqueza del sacerdote es Dios mismo, “solo Dios y su don son la verdadera riqueza que llena de sentido nuestra existencia.”


Antes de concluir, Mons. Miranda Rivera encomendó el ministerio de los sacerdotes a la Virgen del Carmen, a quien llamó “capitana” y modelo de docilidad a la gracia. Finalmente, recordó que la obediencia es un acto de amor y un signo de confianza en Dios, “Aprendamos de Jesús, que vino a obedecer, a trabajar y a servir a su pueblo. Quien obedece, nunca se equivoca.”Acto que dio paso a la renovación sacerdotal públicamente sus promesas, gesto que el obispo invitó a vivir con el entusiasmo del primer llamado. Subrayó que la vocación es un don inmerecido y que la unción del Espíritu Santo sostiene al sacerdote en su misión, especialmente en tiempos de dificultad el obispo realizó la bendición consegratoria de los Santos Óleos: el Óleo de los Catecúmenos, el Óleo de los Enfermos y el Santo Crisma. Los óleos fueron presentados por diáconos y por un par de sacerdotes en representación del ministerio sacerdotal, quienes llevaron solemnemente el Crisma hasta el altar. Este momento, cargado de simbolismo, recordó a la asamblea que estos óleos acompañarán la vida sacramental de toda la diócesis durante el año.


La celebración prosiguió con la Liturgia de las Ofrendas, seguida de la consagración del pan y el vino. Sin embargo, uno de los momentos más emotivos ocurrió al finalizar la distribución de la comunión, cuando resonó en la catedral el canto “Sacerdote para siempre”. La melodía provocó que todos los sacerdotes se unieran espontáneamente al himno, símbolo de su identidad y vocación.


La interpretación culminó con un sonoro aplauso de la asamblea, que reconoció con gratitud la entrega de sus pastores. La Misa Crismal concluyó con la entonación del himno a la Divina Providencia, interpretado en acción de gracias por el Año Jubilar Mariano que vive la provincia eclesial de la diócesis.


El ambiente final fue de profunda gratitud, esperanza y renovación espiritual, reflejo del compromiso del clero y del pueblo de Dios de caminar juntos en este tiempo sinodal.


 
 
 

Comentarios


bottom of page