En el silencio de la cruz, el pueblo camina unido: una tarde de fe, dolor y esperanza en Viernes Santo
- comunicacionesdfh

- 3 abr
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El Viernes Santo se vive este año con una profundidad que toca el alma y con una solemnidad que envuelve cada gesto, cada silencio y cada paso del pueblo fiel. Es el día en que la Iglesia se detiene ante el misterio de la cruz, contemplando el amor llevado hasta el extremo, un amor que no se reserva nada y que se entrega por completo.
Al concluir los oficios litúrgicos y la adoración de la cruz, la atmósfera permanece cargada de recogimiento. El silencio no es vacío, sino presencia. Es un silencio que habla, que interpela, que invita a mirar al Crucificado con el corazón abierto. Desde la Catedral Santiago Apóstol, un buen número de fieles se dispone a salir en procesión, acompañando la imagen del Cristo yacente, signo elocuente de ese cuerpo entregado por amor.
Junto a ellos caminan nuestro obispo, Luis Francisco Miranda Rivera, y el rector de la Catedral, el Rvdo. P. Luis Norberto Correa. No es solo una caminata; es un peregrinar interior. Cada paso parece llevar consigo una oración, una súplica, una entrega silenciosa. Las calles se convierten en un templo abierto, donde la fe se hace visible y compartida.
En el camino, ocurre un momento profundamente significativo: el encuentro con la procesión que proviene de la Parroquia Santísimo Redentor. Dos comunidades, dos caminos, un mismo sentir. Los fieles, numerosos, se reconocen unidos en la misma fe, en el mismo dolor redentor, en la misma esperanza que no muere.
El encuentro frente al obispado se transforma en un momento de gracia. Allí, más que coincidir, se comunican. Se eleva una reflexión que ayuda a comprender que la cruz no es el final, sino el paso hacia la vida. En medio de la sencillez, se vive un compartir fraterno que rompe el ayuno de este día santo. No es solo alimento para el cuerpo, es también alimento para el alma: el consuelo de saberse comunidad, Iglesia viva que camina unida.
Este gesto, sencillo pero profundamente humano y espiritual, recuerda que la fe no se vive en soledad. El dolor compartido se hace más llevadero, y la esperanza, más firme. En esta tarde de Viernes Santo, el pueblo no solo contempla a Cristo muerto, sino que aprende a amar como Él, a entregarse como Él, a caminar con otros incluso en medio del dolor.
Así, entre el silencio de la cruz y el calor del encuentro fraterno, la comunidad se prepara, casi sin palabras, para la luz que comienza a asomarse. Porque incluso en la tarde más profunda, el amor de Cristo ya está sembrando la esperanza de la Resurrección.































































































































































































































































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