top of page

Un llamado urgente al diaconado de hoy: volver al corazón y caminar juntos


Retiro Cuaresmal para los Diáconos de la Diócesis de FajardoHumacao, por Mons. Jesús Castro Marte, Obispo de La Altagracia


Juncos. Con un encuentro fraternal y solidario entre los diáconos, la casa de retiro de Cursillos de Cristiandad en Junco fue el centro de la preparación del retiro cuaresmal de los

diáconos de la Diócesis de Fajardo Humacao. En un ambiente fresco, acogedor y lleno de espíritu, hasta allí se trasladó Monseñor Jesús Castro Marte, Obispo de La Altagracia quien

fue acogido y recibido por su hermano y pastor de la Obispo de la Diócesis de Fajardo-Humacao, S.E.R. Mons. Luis F. Miranda Rivera, O. Carm.


Iniciando su conversatorio este explicaba que la Iglesia vive un momento decisivo. En un tiempo marcado por cambios culturales, tensiones sociales y desafíos pastorales profundos, el llamado a la conversión adquiere un nuevo matiz: toda conversión pastoral es, necesariamente, conversión sinodal.


Esta es la propuesta que Mons. Jesús Castro Marte desarrolla en el Retiro Cuaresmal 2026 para los diáconos de la Diócesis de Fajardo-Humacao, una reflexión que invita a renovar la vida cristiana desde sus raíces. Monseñor explicaba que el diaconado vive una hora decisiva. En un mundo herido por la prisa, la polarización y la indiferencia, la Iglesia necesita ministros que no solo sirvan, sino que encarnen el Evangelio. El retiro cuaresmal predicado por Mons. Jesús Castro Marte ofrece una brújula clara: la conversión pastoral es conversión sinodal, y el diaconado está llamado a ser su primer testigo.


“Hoy, más que nunca, el diácono debe volver al origen de su vocación: ser signo vivo de Cristo Siervo. No basta con cumplir funciones litúrgicas o sostener estructuras. La Iglesia necesita diáconos que permitan que la gracia bautismal “vuelva a fecundar la existencia”, como afirma el documento, y que hagan de su vida un espacio donde otros puedan encontrar a Cristo.”


En medio de las jornadas de reflexión, Mons. Jesús Castro enfatizo, que el llamado es directo: pasar del rito a la vida, de la costumbre a la misión, del individualismo al caminar juntos. La sinodalidad no es un concepto administrativo; es un estilo espiritual que exige escucha, discernimiento y humildad.


El diácono, por su identidad, está en el lugar perfecto para abrir caminos, tender puentes y sanar heridas. En un tiempo marcado por la crisis de pertenencia eclesial, el diaconado está invitado a ser rostro cercano de la Iglesia. Su presencia en las periferias —sociales, espirituales y existenciales — no es opcional. Es parte de su ADN. La Iglesia necesita diáconos que acompañen, que se detengan ante el que sufre, que escuchen sin prisa, que hagan de la misericordia un lenguaje cotidiano.


Uno de los temas principales fue “la espiritualidad diaconal sinodal”, que propone este retiro y exigente: oración profunda, ayuno que purifica el corazón, adoración que recentra la vida. El diácono no puede ser un activista agotado ni un funcionario pastoral. Su fuerza nace de la intimidad con Cristo, de la kenosis del Señor que “se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo”. Solo desde ahí puede ofrecer un liderazgo humilde, libre de protagonismos, capaz de generar comunión.


Destaco que las Bienaventuranzas, presentadas como el “mapa del corazón sinodal”, son también el retrato del diácono que la Iglesia necesita hoy: pobre para ser libre, manso para escuchar, misericordioso para incluir, constructor de paz para unir, fiel incluso en la adversidad. En tiempos de polarización, el diácono está llamado a ser un artesano de unidad.


Les invitaba que el retiro también recuerda que la conversión no es solo personal. Es relacional y pastoral. Implica dejar la crítica como forma de liderazgo, pasar del control al acompañamiento, de la estructura al encuentro. “Sin conversión pastoral, el sacramento se vuelve rito; con conversión, se vuelve fuego”, afirma el documento. Ese fuego es el que el diaconado debe encender en las comunidades.


Finalmente, a lo largo del fin de semana les recordaba que la meditación penitencial ofrece la clave más profunda: volver al corazón. No para sentirse culpable, sino para reencontrarse con la verdad de la propia vida ante Dios. “Rasguen su corazón y no sus vestidos”, recuerda Joel. La Iglesia necesita diáconos con el corazón rasgado por la compasión, no por la apariencia.


Este es el llamado: ser diáconos que caminen con el Pueblo de Dios, que vivan la conversión como estilo, que hagan de la sinodalidad una forma de servir y de amar. Diáconos que no teman cambiar, escuchar, discernir, acompañar.


Monseñor Jesús, les insistió y exhortó a los diáconos que vuelvan al corazón para que la Iglesia vuelva a la misión. La meditación penitencial invita a volver al corazón. “La penitencia cristiana no es humillación estéril, es regreso a la verdad de la propia vida ante Dios”, afirma el documento. La conversión del corazón, de las relaciones y de la pastoral se vuelve indispensable. Y la conclusión es contundente: “Sin conversión pastoral, el sacramento se vuelve rito; con conversión, se vuelve fuego.”


El retiro finalizo con la celebración de la Santa Misa que nuevamente les invitaba a los diáconos junto a sus esposas que este retiro no solo ilumina el camino cuaresmal de los diáconos, sino que “ofrece una hoja de ruta para una Iglesia que quiere renovarse desde dentro, caminando unida hacia la misión que el mundo de hoy necesita”, concluyó.


 
 
 

Comentarios


bottom of page