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Doce nuevos diáconos, un solo llamado: la Iglesia renace en servicio y esperanza

Fajardo, Puerto Rico. La Parroquia Sagrada Familia en Palmas del Mar, Humacao fue el escenario de esperanza en medio del gozo propio de la Octava Navidad, la Diócesis de Fajardo-Humacao al recibir a S.E.R. Mons. Luis F. Miranda Rivera, O. Carm. Obispo, en un acontecimiento histórico y profundamente espiritual: la ordenación de doce nuevos diáconos permanentes, un regalo para la Iglesia y para las comunidades que servirán con dedicación y amor. La celebración, marcada por un ambiente de fe y gratitud, reunió a fieles, familiares, sacerdotes, diáconos, y servidores del altar que acompañaron a estos hombres en su camino vocacional.


Fieles del Pueblo Santo de Dios, cantaban al son de instrumentos musicales, himnos de alabanzas al Señor en acción de gracias por los candidatos al diaconado.  Estos se encontraban acompañados de sus esposas como signo visible de entrega y donación a la Iglesia para ejercer el ministerio de Cristo servidor.


El mensaje dirigido a los ordenandos destacó que este día no es un punto de llegada, sino la confirmación de un proceso largo y fecundo en el que el Señor ha ido moldeando sus vidas. “Hoy, ellos son para todos nosotros causa de alegría”, se expresó durante la ceremonia, subrayando que la obra iniciada por Dios en cada uno ha llegado a un momento decisivo.


Inspirados por la exhortación de san Pablo a los Colosenses —“revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección”— los nuevos diáconos fueron llamados a vivir su ministerio desde la santidad cotidiana, la misericordia y la humildad. Se recordó que el diaconado no es simplemente una función, sino una configuración profunda con Cristo Servidor, aquel que se despojó de sí mismo para hacerse cercano a todos.


Monseñor Luis, en su mensaje incluyó también palabras de san Gregorio Nacianceno, recordando que quien sirve en la Iglesia debe primero purificarse, instruirse y acercarse a Dios para poder conducir a otros hacia Él. Esta dimensión espiritual fue presentada como el corazón del ministerio diaconal: ser luz, ser puente, ser presencia de Cristo en medio del pueblo. Enfatizó.


Uno de los momentos más significativos fue la entrega del Evangelio, acompañada de la exhortación:


“Convierte en fe viva lo que lees, enseña lo que has hecho fe viva y cumple aquello que has enseñado.” Con estas palabras, se subrayó que el diácono es, ante todo, servidor de la Palabra, llamado a proclamarla con autenticidad y a encarnarla en su vida diaria. Añadió.

 

El servicio a los pobres, enfermos y marginados fue presentado como una dimensión esencial del diaconado, siguiendo el ejemplo de los primeros siete diáconos elegidos por los apóstoles para asegurar la atención a las viudas y necesitados. Se recordó que la caridad no es un gesto opcional, sino parte del ADN (es decir, la esencia) de la Iglesia. Como afirmó san Juan Pablo II, “el anuncio de Jesucristo es el primer acto de caridad hacia el hombre”. 

La Eucaristía ocupó un lugar central en la reflexión. A partir de ahora, los nuevos diáconos acompañarán al obispo y a los presbíteros en el altar, sirviendo el misterio de la fe. Se les invitó a adorar a Cristo desde el servicio eucarístico, recordando que la Eucaristía es fuente de amor y entrega, y que solo se adora verdaderamente desde el amor.


La celebración concluyó con una bendición especial, confiando el ministerio de los nuevos diáconos a la protección de la Virgen del Carmen, patrona de la diócesis. Con emoción y esperanza, la comunidad diocesana reconoció que esta ordenación es un signo de renovación y fortaleza para la misión evangelizadora en el este de Puerto Rico.


Al concluir el Rvdo. Padre Luis Norberto Correa García, Vicario Judicial y Canciller de la diócesis realizó la lectura del decreto de las nuevas funciones asignada de los nuevos diáconos. Los doce nuevos diáconos comienzan ahora una etapa de servicio, cercanía y compromiso, llamados a ser testigos del amor de Dios en cada rincón donde sean enviados. Su ordenación, celebrada en tiempo de Navidad, se convierte en un recordatorio luminoso de que Cristo sigue naciendo en su Iglesia a través de quienes se entregan con generosidad al servicio del Reino. Al finalizar la Santa Misa, con un fuerte y sonoro aplauso les daba las gracias en representaciones de todas las comunidades.


En hora buena.


 
 
 

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